“Aquí
tienes lo que me pediste. Espero no arrepentirme.” dijo con una voz
que rozaba el silencio. Asentí de forma inmediata mientras cogía la
bolsa que me acercaba de forma discreta. “Y recuerda que no quiero
tener nada que ver con todo esto.” Asentí de nuevo a la vez que
desviaba la mirada cohibido ante aquella amenaza disfrazada de
consejo. “Te debo una... tío”. Su mirada fría me penetró
mientras nos estrechábamos las manos. Paralizado, observé cómo
salía del estrecho callejón y se perdía entre la muchedumbre que
paseaba por la ciudad. Empecé a caminar con un ritmo frenético que
exteriorizaba mi nerviosismo. Sentía como si la bolsa que llevaba
encima pesase mucho más de lo que en realidad pesaba y entonces me
dí cuenta de la responsabilidad que acarreaba llevar una pistola
encima.
Mientras
avanzaba calle abajo, recordaba, uno a uno, todos los detalles. Un
sólo fallo podía llevarme más allá de la ruina en la que me
encontraba, pero cuando no se tiene nada, tampoco hay nada que
perder. Seguí avanzando, de forma más calmada, y pensé que si todo
salía según lo previsto en menos de una semana podría dejar atrás
la vida de vagabundo que tantos años me había sentenciado. Adiós a
la pobreza, a los robos, a la violencia, a pasar frío envuelto de
cartones intentando conciliar el sueño... Adiós a toda esa mierda.
Dentro de una semana tendré la vida que siempre he merecido! Tras
diez minutos de eterno trayecto, divisé, aún lejos, el cartel que
indicaba mi destino. Ya no había vuelta atrás.
Avancé
lentamente entre la muchedumbre, camuflado por la oscuridad de una
fría noche de Diciembre y, de un momento a otro, ya estaba allí. A
mi alrededor, decenas de elegantes vitrinas guardaban las joyas que
me llevaron a cometer un peligroso episodio de mi vida. Una pareja de
ancianos hablaba con el encargado, un joven elegante intentaba
encontrar el anillo indicado y, entre ellos, algo que me llamó la
atención. Un niño sentado en el suelo mientras su madre echaba un
vistazo a unos pendientes. Tenía en sus manos una rama que usaba
como espada contra los enemigos a los que se enfrentaba en su
imaginación. Y entonces me di cuenta de algo: no hace falta
demasiado para encontrar la felicidad. El tiempo y el dinero
invertidos en el crimen que pretendía cometer, podría haberlos
invertido en algo más constructivo, en buscar la felicidad en
aquello que realmente la posee y no en la desgracia de otros para mi
propio beneficio. Aquel niño me abrió los ojos y me hizo
recapacitar sobre si realmente valía la pena todo aquello.
Mientras
recapacitaba, metí mi mano en el bolsillo, pensando que quizás ese
inocente chico no estaba ahí por casualidad, sino que el destino le
había puesto en mi camino para darme una lección y hacerme aprender
a valorar mi mezquina vida. Entonces me pregunté qué habría sido
de mi si ese crío no hubiese estado ahí, si nadie me hubiese
abierto los ojos. Acaricié la bolsa convencido de lo que tenía que
hacer. Saqué la pistola de su envoltorio y la agarré con fuerza.
“Arriba la manos. Esto es un atraco!”, grité con
decisión.
Està molt bé. Ja trobava a faltar "històries brutes" de les teves ;)
ResponderEliminarEi Jordi ! Gràcies, ara ja fa temps que no toco tot això ! Aviam si m'hi poso un dia ! Ens veiem d'aquí poc oi?
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