viernes, 6 de julio de 2012

Cosas de niños


“Aquí tienes lo que me pediste. Espero no arrepentirme.” dijo con una voz que rozaba el silencio. Asentí de forma inmediata mientras cogía la bolsa que me acercaba de forma discreta. “Y recuerda que no quiero tener nada que ver con todo esto.” Asentí de nuevo a la vez que desviaba la mirada cohibido ante aquella amenaza disfrazada de consejo. “Te debo una... tío”. Su mirada fría me penetró mientras nos estrechábamos las manos. Paralizado, observé cómo salía del estrecho callejón y se perdía entre la muchedumbre que paseaba por la ciudad. Empecé a caminar con un ritmo frenético que exteriorizaba mi nerviosismo. Sentía como si la bolsa que llevaba encima pesase mucho más de lo que en realidad pesaba y entonces me dí cuenta de la responsabilidad que acarreaba llevar una pistola encima.

Mientras avanzaba calle abajo, recordaba, uno a uno, todos los detalles. Un sólo fallo podía llevarme más allá de la ruina en la que me encontraba, pero cuando no se tiene nada, tampoco hay nada que perder. Seguí avanzando, de forma más calmada, y pensé que si todo salía según lo previsto en menos de una semana podría dejar atrás la vida de vagabundo que tantos años me había sentenciado. Adiós a la pobreza, a los robos, a la violencia, a pasar frío envuelto de cartones intentando conciliar el sueño... Adiós a toda esa mierda. Dentro de una semana tendré la vida que siempre he merecido! Tras diez minutos de eterno trayecto, divisé, aún lejos, el cartel que indicaba mi destino. Ya no había vuelta atrás.

Avancé lentamente entre la muchedumbre, camuflado por la oscuridad de una fría noche de Diciembre y, de un momento a otro, ya estaba allí. A mi alrededor, decenas de elegantes vitrinas guardaban las joyas que me llevaron a cometer un peligroso episodio de mi vida. Una pareja de ancianos hablaba con el encargado, un joven elegante intentaba encontrar el anillo indicado y, entre ellos, algo que me llamó la atención. Un niño sentado en el suelo mientras su madre echaba un vistazo a unos pendientes. Tenía en sus manos una rama que usaba como espada contra los enemigos a los que se enfrentaba en su imaginación. Y entonces me di cuenta de algo: no hace falta demasiado para encontrar la felicidad. El tiempo y el dinero invertidos en el crimen que pretendía cometer, podría haberlos invertido en algo más constructivo, en buscar la felicidad en aquello que realmente la posee y no en la desgracia de otros para mi propio beneficio. Aquel niño me abrió los ojos y me hizo recapacitar sobre si realmente valía la pena todo aquello.

Mientras recapacitaba, metí mi mano en el bolsillo, pensando que quizás ese inocente chico no estaba ahí por casualidad, sino que el destino le había puesto en mi camino para darme una lección y hacerme aprender a valorar mi mezquina vida. Entonces me pregunté qué habría sido de mi si ese crío no hubiese estado ahí, si nadie me hubiese abierto los ojos. Acaricié la bolsa convencido de lo que tenía que hacer. Saqué la pistola de su envoltorio y la agarré con fuerza. “Arriba la manos. Esto es un atraco!”, grité con decisión.