domingo, 11 de marzo de 2012

La ventana


Uno a uno doblaba los calcetines y los colocaba, cuidadosamente, en los cajones como si se tratara de un rompecabezas. Después repetía el proceso con las camisas de su marido, lo que le recordó que debía apresurarse en preparar la comida, si quería tenerla lista para cuando él llegase. Así que, una vez terminó de doblar ropa y colocarla en su sitio, se dirigió a la cocina para preparar un suculento estofado de carne. Sabía que era uno de los platos preferidos de su marido, sobre todo porque saciaba totalmente el hambre que le producía una dura jornada de trabajo. “Es un gran hombre”, pensó, “Se esfuerza tanto para poder mantener a sus seres queridos...”. Ella deseaba conseguir un trabajo estable, con un buen sueldo y poder permitirse algunos lujos, pero sabia que su cometido era imprescindible. ¿Quién mantendrá el orden y organizará la casa si no lo hago yo ? Se preguntaba con frecuencia aunque sus deseos por conseguir una vida algo ajetreada seguían encendidos en algún rincón de su cuerpo.

Hacía ya tres años que se habían mudado a aquel piso, pocos meses después de que ella se trasladase desde París. Fueron unos meses duros, pues la relación con sus padres no era la que se puede esperar, sin embargo, sus deseos por abandonar el lugar en el cual le fue arrebatada su infancia y encontrar una nueva vida llena de posibilidades, echaron a un lado cualquier obstáculo. Y, aunque los recuerdos de su vida eran intensamente dolorosos, aquel piso le brindó la oportunidad de ilusionarse de nuevo por llevar una vida feliz junto a su marido y su hijo.

La comida ya estaba lista y sólo debía esperar a que el autobús trajese de vuelta a su hijo de la escuela. Se quitó el delantal, se puso un bonito vestido, se maquilló ligeramente y salió de casa hacia la parada del autobús para recibir a su hijo. Hacía un día soleado y agradeció haberse acicalado, pues las demás madres verían que era mucho más guapa que ellas. Al llegar el autobús, buscó a su hijo entre la multitud de niños que salieron de dentro y le dio un beso en cada mejilla. “¿Cómo ha ido el día pequeño?”, le preguntó, y mientras escuchaba hablar al chico se dirigieron hacia casa para recibir al hombre de la casa y gozar del estofado que aquella mañana había preparado.

Tras la comida, su marido se llevó al chico a la escuela de nuevo y ella se dedicó a recoger la cocina. Después se sirvió un café y encendió el televisor. Estaba cansada así que se quedo dormida casi sin darse cuenta. Al despertar vio que eran casi las seis: hacía media hora que el autobús había traído de vuelta a casa a su hijo. Salió de casa rápidamente, lamentando ser tan irresponsable. Al llegar a la parada, una de las madres que había ido a buscar a su hijo estaba cuidando del chico. “Supuse que estarías al llegar” le dijo. Ella se disculpó por las molestias y volvieron a casa. Se sentía fatal, viendo al chico jugar inocentemente en el suelo probablemente sin darse cuenta de la pésima madre que tenía. Pensó que no debía contar a su marido lo ocurrido, era su único cargo y no podía poner en evidencia lo mal que se le daba.


Durante la hora de cenar estuvo muy, o mejor dicho, demasiado callada. “¿Qué te pasa?” le preguntó su marido. “Nada importante” respondió. Acto seguido una voz triste y suave dijo “Esta tarde mamá ha olvidado venir a recogerme a la parada del autobús”. Se sintió enormemente avergonzada, como si la hubieran humillado en público. La mirada desconcertada de su marido le hizo sentirse aun peor.

Recogieron la mesa y se sentaron en el sofá a ver la televisión. Tenía sueño pero prefirió esperar a que su marido fuese a dormir para ir con él. Cuando él se decidió por ir al dormitorio ella le acompañó. Le pareció estar en la gloria cuando por fin pudo estirarse, pero sus ganas de dormir se desvanecieron cuando su marido le dijo que no entendía cómo pudo olvidarse de su hijo. “Me quedé dormida simplemente, podría haberte pasado a ti”. Él le replicó que el caso era que a él jamás le había pasado. Él se dio media vuelta y dieron por finalizada la conversación. Desde ese momento no pudo volver a conciliar el sueño. Veía pasar las horas en el reloj de su mesa de noche sin conseguir ni siquiera cerrar sus ojos. Las palabras de su marido se clavaban en su mente. Se sentía completamente inútil. Nada parecía tener sentido en esa casa. ¿ De qué servía esforzarse para que un sólo error le saliese tan caro ?

Pesimistas pensamientos golpeaban su mente haciéndole conciliar el sueño mediante la erosión de sus fuerzas. “Mañana será otro día” pensó. Era el momento de demostrar que estaba realmente dedicada a su familia. La mañana siguiente se despertaría con una gran motivación. Sería un día especial en el que debía demostrar a su familia que la quería y que haría lo que fuese necesario para que valorasen su labor. No era el momento de rendirse, sino de ser fuerte. Lo ocurrido el día anterior era una simple tontería.


El día empezó ajetreado pero, a la vez, llevadero. Primero cambiarse y asearse y, acto seguido, levantar al pequeño de la casa. Después preparar el desayuno y hacer las camas antes de llevar al chico a la parada del autobús. Para cuando volvió su marido ya se había ido y lamentó no haberse despedido de él. Pensó que quizás eso le molestaría, así que le envió un mensaje a su móvil para sentirse mejor. Además, como tenia poca faena en casa tendría tiempo para prepararle alguno de sus platos favoritos.

Tras hacer las camas se decidió a limpiar la vajilla que la abuela les había regalado el día de su boda. Limpió cuidadosamente todas y cada una de las piezas, cuando de repente, una fría sensación recorrió todo su cuerpo. Un falso movimiento hizo que una de las piezas más especiales de la vitrina -un valioso jarrón que su marido le regaló cuando ella consiguió dejar atràs su crudo pasado- cayera al suelo sin que ella pudiera remediarlo.

Por un momento se quedó paralizada en el sitio, intentando creer que aquello no había ocurrido. Pero ocurrió. El jarrón se había caído justo el día después de olvidar ir a buscar a su hijo a la parada del autobús. Únicamente podía pensar en las posibles reacciones de su marido. Le hubiese gustado evitar aquellos pensamientos, pero fue incapaz. Imaginó la cara enfurecida de su marido, los silencios incómodos, la vergüenza y humillación recorriéndole el cuerpo. Quiso arreglarlo, quiso buscar una explicación, una excusa para que aquello no pareciera tan grave. Pero nada servía ya. Su motivación por mantener la casa en orden y preparar el plato favorito de su marido se desvanecieron rápidamente. Se sentó en el sofá y miro por la ventana todas y cada una de las nubes que recorrían el marco de un extremo a otro a través del cristal, deseando que todo se detuviese en aquel instante. No obstante, sabía que las agujas del reloj seguían moviéndose.